LA ERA DEL STREAMING: EL ORIGEN

La era del streaming en la música es el presente y el futuro de nuestra disciplina artística, aquí hablamos sobre ella.

Hoy vamos a hablar de una de las herramientas más importantes a la hora de amenizar nuestro día a día: La música en streaming. Pero, ¿Realmente nos acordamos de dónde viene todo esto del streaming? Y, lo que puede que sea aún más importante, ¿Tenemos claro en qué situación nos encontrábamos cuando empezó la revolución del streaming? Vamos a refrescar la memoria: Para ello tenemos que montarnos en el DeLorean de Marty McFly y viajar 20 años atrás. Al llegar nos ponemos a revisar un poco las ventas de la industria del disco físico a finales de año, (mientras disfrutamos en la radio de temazos del año como ‘Ms Jackson’ de Outkast o ‘Fallin’ de la inigualable Alicia Keys): Mas de 600 millones de dólares generados por el negocio de la música grabada. Automáticamente marcaremos 2013 en nuestro mando de fecha de destino y al llegar menuda sorpresa nos llevamos: caída del 88% del dinero generado en el mercado en poco más de una década, (una diferencia de más de 500 millones de dólares con respecto a 2001).

Igual no nos resulta tan sorprendente la caída en picado de la venta si analizamos el contexto y el camino que se venía recorriendo: Primero de todo nos ubicamos a mediados de los 90, cuando nace oficialmente y se empieza a popularizar la extensión .mp3, un novedoso formato de comprensión de audio. Este formato nos permite tener a nuestra disposición archivos de audio hasta unas 11 veces menos pesados que los usados hasta la fecha en los CD, (como pueda ser la extensión .wav). Pero tengamos claro algo muy importante: sí, estos archivos menos pesados nos permiten una mayor facilidad de almacenaje y transferencia, (características clave para la situación que comentaremos más adelante), pero debemos pagar un importante coste a cambio; la calidad del audio, (literalmente un .mp3 es un archivo de compresión que se crea mediante un algoritmo de pérdida).

Unos años después, sobre finales de los 90, empieza el boom de internet, trayendo consigo el comienzo del régimen de las descargas digitales y el nacimiento de plataformas de compartición y descarga de archivos mediante sistemas P2P: Primero Napster como servicio de compartición exclusivamente de audio en formato .mp3 y más tarde programas como eMule o Ares que permitían compartir y descargar música, pero también otro tipo de contenido. Todo este caudal termina desembocando en el auge del mayor enemigo que han tenido la música y los derechos de autor: la piratería.

Por si fuera poco, todo este engranaje digital e ilícito, se ve rodeado de una sociedad que termina demonizando algo tan básico como es la monetización por la creación e interpretación de obras musicales de sus autores y artistas favoritos, (por no hablar ya de los cerebros indomables que promulgaban la idea de las licencias Creative Commons o el Copyleft). En parte, esta situación es empujada por el desconocimiento sobre derechos de autor y creencias populares erróneas resultado del desarrollo de estas tecnologías, y por otra parte catalizada por los intereses de compañías telefónicas y empresas tecnológicas, que vieron en estas prácticas a la gallina de los huevos de oro, (tan sencillo como que debes tener un ordenador para acceder a estos sistemas P2P, debes tener un disco duro donde almacenar tus archivos y debes tener un proveedor de internet para poder descargar dicho contenido). Sin irnos muy lejos, voy a dejar un ejemplo de esta relación: hoy en día Napster tiene un convenio con Movistar para operar como una plataforma de servicio de música en streaming en Latinoamérica.

De lo que nadie parecía darse cuenta, es de que este sistema es absolutamente insostenible y obviamente hizo tambalearse los cimientos de la industria de la música grabada. Es decir, el consumidor siempre ha querido y querrá un producto musical de calidad de sus artistas y autores favoritos, pero no estaban dispuestos a pagar por ese producto. Vuelvo a repetir que esto es insostenible. Realmente el problema no era que los discos fuesen caros (argumento favorito de la época), la gasolina también es cara y vas a repostar cada vez que tu vehículo lo necesita. ¿Dónde estaba realmente el problema entonces? Pues en que podías conseguir música gratis y encima fácil, y cuando algo está al alcance de tu mano (formatos aparte) de manera gratuita, muy raramente vas a querer pagar por él. Pongamos el ejemplo de que pudieses ir a una tienda de zapatillas que acaban de montar al lado de tu casa y llevarte unos cuantos pares de tu marca preferida a coste cero. ¿Para qué ibas a querer pagar por otras zapatillas si puedes acceder a las que te gustan gratis?

Yo sé que es algo complicado de comprender para ciertas cabezas, ya que la creación artística no es algo tangible como puedan ser anteriores ejemplos, pero es que hay que entender que realmente una canción es un producto y como tal comerciable, tanto como pueda ser cualquier otro que si sea tangible. Por lo tanto, una canción es vendible y explotable por todas las vías legalmente posibles y eso es simplemente lo que quieren y necesitan los creadores e intérpretes. Esto quiere decir que no se debe tender a pensar que se tiene que cobrar solo por la música en directo, aunque sea una de las vías más clásicas y rápidas de generar dinero con tus canciones. De hecho, hace poco más de un año nos tuvimos que enfrentar a una pandemia global que paralizó durante meses la música en directo. Aún asumiendo el potente impacto que tuvo en la economía en general y en la música en particular, ¿Qué hubiese sido de los autores y artistas, si además de no poder hacer conciertos físicos, no hubiesen podido generar tampoco ingresos de la música grabada?

Dicho todo esto también hay que asumir, que en su momento la industria musical tuvo escaso poder de reacción y en ningún momento fue capaz de proponer otra vía de negocio, sabiendo que se habían vivido los mejores años de la música grabada y que se avecinaba un problema tremendo, al cual había que buscarle solución más allá de entrar en pleitos legales con todas estas plataformas de compartición y descarga de archivos de audio. La solución a todo este problema se desarrolló gracias a la idea de programar un sistema que nos permitiese disfrutar de la música digital sin necesidad de descargarla: el conocido como Streaming. Esta situación también se ve propulsada por la inercia del avance tecnológico (mejora en la velocidad de internet y tecnología 4G) y fue recibida con los brazos abiertos por la comunidad musical, ya que era evidente la necesidad de un nuevo modelo de negocio. Aquí es donde aparecen ideas como la de Spotify, una empresa sueca de servicios multimedia, que consigue en 2008 llegar a un acuerdo con las principales discográficas para dar un servicio de reproducción de la música de sus catálogos vía internet. De esta manera nace el Streaming y con él una de las soluciones a la crisis del disco físico.

¿Recordáis cuándo hablábamos al principio del artículo de como escuchábamos temazos en la radio? Pues bien, el Streaming aprovecha los convulsos tiempos de la crisis de la música, para proponerse como la auténtica alternativa para escuchar canciones, siendo para el usuario un perfecto híbrido entre el mundo de la radio y el de las descargas. Os fundamento esta idea mediante las ventajas del Streaming: frente a las descargas presenta la ventaja principal de escuchar música sin necesidad de ocupar espacio en tu disco duro y además propone la posibilidad de escuchar canciones a la carta, característica que sí presentaban las descargas pero que no tienen las radios. Esto fue lo que pasamos a llamar técnicamente puesta a disposición interactiva.

 Ahora que ya tenemos claro como surgió la era del Streaming, en un futuro podremos hablar de realmente como funciona, de su crecimiento, de lo que ha supuesto para la industria musical, de los caminos de mejora que quedan por recorrer, de otras posibles vías de negocio de presente y de futuro, y de lo que aún deben pelear los artistas y autores para simplemente ganar lo que merecen.

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